―Oh, sí, dijo Stephen.
Pero allí no estaba enfermo. Pensaba que estaba enfermo del corazón, si es que uno podía estar enfermo en aquel lugar. Fleming se había portado muy bien al preguntárselo. Le dieron ganas de llorar.
Apoyó los codos en la mesa y se apretó y soltó los cartílagos de las orejas. Entonces oía el ruido del refectorio cada vez que soltaba los cartílagos de las orejas. Sonaba con un rugido como el de un tren por la noche. Y cuando se los apretaba, el rugido se cortaba como el de un tren al entrar en un túnel.
Aquella noche en Dalkey el tren había rugido así y luego, al meterse en el túnel, el rugido se había detenido. Cerró los ojos y el tren siguió su marcha, rugiendo y luego deteniéndose; rugiendo otra vez, deteniéndose. Era agradable oírlo rugir y detenerse y luego rugir al salir de nuevo del túnel y luego detenerse.
Luego los muchachos de la línea alta comenzaron a bajar por la estera en medio del refectorio, Paddy Rath y Jimmy Magee y el español a quien se le permitía fumar puros y el pequeño portugués que llevaba el gorro de lana.
Y luego las mesas de la línea baja y las mesas de la tercera línea. Y cada uno de los muchachos tenía una forma distinta de caminar.
Se sentó en un rincón de la sala de juegos fingiendo ver una partida de dominó y una o dos veces pudo oír por un instante la cancioncilla del gas. El prefecto estaba en la puerta con unos muchachos y Simon Moonan se estaba anudando las mangas postizas. Les estaba contando algo sobre Tullabeg.
Luego se alejó de la puerta y Wells se acercó a Stephen y le dijo:
—Dinos, Dedalus, ¿besas a tu madre antes de irte a la cama?