—Yo no lo haría —dijo Heron—, que me parta un rayo si lo hiciera. Esa no es manera de mandar a buscar a uno de los alumnos mayores. ¡En una merienda, ni más ni menos! Me parece que ya es bastante con que participes en su dichosa obrita de teatro.
Ese espíritu de belicosa camaradería que últimamente había observado en su rival no había apartado a Stephen de sus hábitos de tranquila obediencia.
Desconfiaba de la turbulencia y dudaba de la sinceridad de semejante camaradería, que le parecía una triste anticipación de la hombría.
La cuestión de honor aquí planteada le resultaba, como todas las de su clase, trivial.
Mientras su mente había estado persiguiendo sus fantasmas intangibles y apartándose con indecisión de tal persecución, había escuchado a su alrededor las voces constantes de su padre y de sus maestros, instándole a ser un caballero por encima de todas las cosas y a instándole a ser un buen católico por encima de todas las cosas.
Estas voces le sonaban ahora huecas a los oídos.
Cuando se había inaugurado el gimnasio, había oído otra voz que lo instaba a ser fuerte, varonil y sano y, cuando el movimiento en pro del renacimiento nacional empezó a hacerse sentir en el colegio, otra voz aún le había ordenado que fuera fiel a su país y ayudara a levantar su lengua y su tradición.
En el mundo profano, tal como presagiaba, una voz mundana le ordenaría levantar la caída posición de su padre con sus trabajos y, entretanto, la voz de sus compañeros de colegio lo instaba a ser un buen tipo, a encubrir la culpa de los otros o a interceder por ellos y a hacer todo lo posible por conseguir días libres para el colegio.