—Una hora y veinticinco minutos —dijo ella—. Ahora mismo son las diez y veinte. Sabe Dios si podrías intentar llegar a tiempo a tus clases.
—Lléname la jofaina para lavarme, dijo Stephen.
—Katey, prepara un lugar para que Stephen se lave.
—Boody, prepárales sitio a Stephen para que se lave.
―No puedo, voy a por el azul. Rellénalo tú, Maggy.
Cuando la jofaina enlozada hubo quedado encajada en el hueco del fregadero y el viejo guante de lavado, arrojado a un lado, permitió que su madre le estregara el cuello y le hurgara en los pliegues de las orejas y en los intersticios de las aletas de la nariz.
—Pues es una vergüenza —dijo—, que un universitario esté tan sucio que su madre tenga que lavarlo.
―Pero le da placer —dijo Stephen con calma.
Se oyó un silbido ensordecedor desde el piso de arriba y su madre le metió en las manos un overol húmedo, diciendo:
—Sécase y salga pronto, por el amor de Dios.
Un segundo silbido estridente, prolongado con enojo, hizo que una de las muchachas fuera al pie de la escalera.
—¿Sí, padre?
―¿Se ha largado ya tu holgazana de hermana?
―Sí, padre.
―¿Seguro?
―Sí, padre.