sintió en su interior un cálido movimiento semejante al de una vida recién nacida o una virtud de la propia alma. La actitud de arrobamiento en el arte sacro, las manos alzadas y separadas, los labios y los ojos entreabiertos como los de alguien a punto de desmayarse, se convirtieron para él en una imagen del alma en oración, humillada y desfallecida ante su Creador.
Pero había sido advertido de los peligros de la exaltación espiritual y no se permitía desistir ni de la más pequeña o humilde devoción, esforzándose además mediante la mortificación constante por enmendar el pasado pecaminoso más que por alcanzar una santidad cargada de peligro.
Cada uno de sus sentidos fue sometido a una disciplina rigurosa.
Para mortificar el sentido de la vista, se impuso como norma caminar por la calle con los ojos clavados en el suelo, sin mirar ni a derecha ni a izquierda, y jamás hacia atrás.
Sus ojos evitaban todo encuentro con los ojos de las mujeres.
De vez en cuando también los frustraba mediante un repentino esfuerzo de voluntad, como levantándolos de repente en mitad de una frase inacabada y cerrando el libro.
Para mortificar su sentido del oído no ejercía control alguno sobre su voz, que entonces estaba cambiando, ni cantaba ni silbaba, y no hacía ningún intento de huir de los ruidos que le producían una dolorosa irritación nerviosa, como el afilar los cuchillos en la tabla, la recogida de cenizas con la pala del hogar y el sacudido de la alfombra.
Mortificar el olfato le resultó más difícil, ya que no hallaba en sí mismo repugnancia instintiva hacia los malos olores, fuesen los propios del mundo exterior, como los del estiércol o el alquitrán, o los de su propia persona, entre los cuales había hecho muchas curiosas comparaciones y experimentos.