podía esperar. La charla a su alrededor cesó por un momento y un suave siseo volvió a caer desde una ventana superior. Pero no había ningún otro sonido en el aire y las golondrinas cuyo vuelo había seguido con ojos ociosos dormían.
Ella había atravesado la penumbra. Y por eso el aire estaba silencioso salvo por un único y suave siseo que caía. Y por eso las lenguas a su alrededor habían cesado su murmullo.
La oscuridad caía.
La oscuridad cae del aire.
Un gozo tembloroso, trémulo como una débil luz, revoloteaba a su alrededor como una hueste feérica.
¿Pero por qué? ¿Su paso por el aire que oscurecía o el verso de oscuras vocales y sonido inicial, rico y parecido a un laúd?
Se alejó lentamente hacia las sombras más profundas del final de la columnata, golpeando suavemente la piedra con su bastón para ocultar su ensueño a los estudiantes a los que había dejado: y permitió que su mente evocara la época de Dowland, Byrd y Nash.
Ojos, abriéndose de la oscuridad del deseo, ojos que oscurecían el alba naciente. ¿Qué era su lánguida gracia sino la blandura de la alcahuetería? Y ¿qué era su brillo sino el brillo de la nata que cubría la cloaca de la corte de un Estuardo baboso.
Y saboreó en el lenguaje de la memoria vinos ambarinos, cadencias moribundas de dulces aires, la altiva pavana, y vio con los ojos de la memoria a bondadosas damas en Covent Garden cortejando desde sus balcones con bocas que hacían chasquidos y a las putas apestadas de viruela de las tabernas y a jóvenes esposas que, entregándose alegres a sus violadores, se abrazaban y se abrazaban de nuevo.