Se detuvo de repente y oyó su corazón en el silencio. ¿Cuánto había caminado? ¿Qué hora era?
No había figura humana cerca de él ni sonido alguno que el aire le trajere. Pero la marea estaba cerca de volverse y el día ya iba en declive. Se volvió hacia tierra firme y corrió hacia la orilla y, subiendo a toda carrera por la playa en pendiente, sin importarle la guija afilada, encontró un rincón de arena en medio de un corro de colinas de arena coronadas de hierba y se tendió allí para que la paz y el silencio de la tarde aquietaran el tumulto de su sangre.
Sentía sobre sí la vasta cúpula indiferente y los tranquilos procesos de los cuerpos celestes; y la tierra bajo él, la tierra que lo había engendrado, lo había tomado en su seno.
Cerró los ojos en el languidecer del sueño. Sus párpados temblaron como si sintieran el vasto movimiento cíclico de la tierra y de sus vigías, temblaron como si sintieran la extraña luz de algún mundo nuevo. Su alma se iba desvaneciendo hacia un mundo nuevo, fantástico, difuso, incierto como bajo el mar, surcado por formas y seres nublados.
¿Un mundo, un destello o una flor?
Destellante y temblorosa, temblorosa y desplegándose, una luz que se quiebra, una flor que se abre, se extendía en una sucesión inacabable en sí misma, rompiéndose en carmesí pleno y desplegándose y desvaneciéndose hasta el rosa más pálido, hoja a hoja y ola de luz a ola de luz, inundando todos los cielos con sus suaves arreboles, cada arrebol más hondo que el anterior.
La noche había caído cuando despertó y la arena y las hierbas áridas de su lecho ya no brillaban. Se levantó lentamente y, recordando el arrobamiento de su sueño, suspiró ante su dicha.
Subió a la cresta de la duna y miró a su alrededor.