Y recordad, mis queridos muchachos, que hemos sido enviados a este mundo para una sola cosa y para una sola cosa nada más: para cumplir la santa voluntad de Dios y para salvar nuestras almas inmortales. Todo lo demás no vale nada. Una sola cosa es necesaria, la salvación del alma de uno. ¿De qué le sirve al hombre ganar todo el mundo si sufre la pérdida de su alma inmortal? Ah, mis queridos muchachos, creedme, no hay nada en este desgraciado mundo que pueda compensar semejante pérdida.
―Os ruego, por lo tanto, queridos muchachos, que apartéis de vuestras mentes durante estos pocos días todo pensamiento mundano, ya sea de estudio, de placer o de ambición, y que consagréis toda vuestra atención al estado de vuestras almas.
Apenas necesito recordaros que durante los días del retiro se espera de todos los muchachos que mantengan una conducta silenciosa y piadosa, y que eviten cualquier diversión ruidosa e indecorosa.
Los muchachos mayores, por supuesto, cuidarán de que esta costumbre no se quebrante, y confío especialmente en los prefectos y oficiales de la congregación de Nuestra Señora y de la congregación de los santos ángeles para que den un buen ejemplo a sus compañeros de estudios.
―Tratemos, por lo tanto, de hacer este retiro en honor de san Francisco con todo nuestro corazón y toda nuestra mente. La bendición de Dios descenderá entonces sobre los estudios de todo vuestro año. Pero, por encima y más allá de todo, que este retiro sea uno al que podáis mirar atrás en años venideros cuando, tal vez, estéis lejos de este colegio y en un entorno muy diferente, al que podáis mirar atrás con alegría y gratitud y dar gracias a Dios por haberos concedido esta ocasión de poner el primer cimiento de una vida piadosa, honorable, celosa y cristiana.