Una marea comenzó a agitarse bajo la superficie tranquila de la amabilidad de Stephen.
―Esta raza y este país y esta vida me han producido, dijo. Me expresaré como soy.
―Procura ser uno de nosotros —repitió Davin—. En el fondo eres irlandés, pero tu orgullo es demasiado grande.
—Mis antepasados desecharon su lengua y adoptaron otra —dijo Stephen—. Permitieron que un puñado de extranjeros los subyugara. ¿Te imaginas que voy a pagar con mi propia vida y persona las deudas que ellos contrajeron? ¿Para qué?
―Por nuestra libertad, dijo Davin.
—Ningún hombre honorable y sincero —dijo Stephen— os ha entregado su vida, su juventud y sus afectos desde los días de Tone hasta los de Parnell, sin que lo hayáis vendido al enemigo, o le hayáis fallado en la hora de la necesidad, o lo hayáis injuriado y abandonado por otro. Y me invitáis a ser uno de los vuestros. Antes os dejaría que os pudrierais en el infierno.
—Murieron por sus ideales, Stevie —dijo Davin—. Nuestro día llegará todavía, créeme.
Stephen, siguiendo su propio pensamiento, guardó silencio un instante.
—El alma nace, dijo vagamente, por primera vez en esos momentos de los que te hablé. Tiene un nacimiento lento y oscuro, más misterioso que el nacimiento del cuerpo. Cuando el alma de un hombre nace en este país, se le lanzan redes para retenerla y evitar que vuele. Me hablas de nacionalidad, idioma, religión. Intentaré volar a través de esas redes.
Davin sacudió las cenizas de su pipa.