CodalSearch this book — or all of Codal…⌘K
nydus/A Portrait of the Artist as a Young ManPublic
Página 294 de 339
Table of Contents

V.

cabello húmedo y áspero y rostro de muchacho travieso que se había llamado su propia muchacha y le había suegado la propina de la suerte, la fregona de la casa de al lado que cantaba sobre el estrépito de sus platos, con el arrastre de una cantante pueblerina, los primeros compases de By Killarney’s Lakes and Fells, una muchacha que se había reído alegremente al verle tropezar cuando la reja de hierro de la acera, cerca de Cork Hill, le había atrapado la suela rota del zapato, una muchacha a la que había mirado, atraído por su pequeña boca madura, al salir de la fábrica de galletas Jacob, que le había gritado por encima del hombro:

―¿Te gusta lo que has visto de mí, pelo liso y cejas rizadas?

Y sin embargo sentía que, por mucho que la maldijera y se burlara de su imagen, su ira era también una forma de homenaje.

Había abandonado el aula con un desdén que no era del todo sincero, sintiendo que quizás el secreto de su raza residía tras aquellos ojos oscuros sobre los que sus largas pestañas proyectaban una sombra fugaz.

Se había dicho a sí mismo con amargura mientras caminaba por las calles que ella era una figura de la condición femenina de su país, un alma de murciélago que despertaba a la conciencia de sí misma en la oscuridad, el secreto y la soledad, demorándose un tiempo, sin amor y sin pecado, junto a su apacible amante y dejándolo para que le susurrase inocentes transgresiones al oído enrejado de un sacerdote.

Su ira contra ella hallaba válvula de escape en insultos groseros hacia su amante, cuyo nombre, voz y rasgos ofendían su orgullo frustrado: un campesino ordenado cura, con un hermano policía en Dublín y un hermano pinche de taberna en Moycullen.

A él le desvelaría la tímida desnudez de su alma, a alguien educado meramente en el cumplimiento de un rito formal antes que a él, sacerdote de la imaginación eterna, que transmutaba el pan de cada día de la experiencia en el cuerpo radiante de la vida sempiterna.

294