cuello por encima de la jofaina y echándolo hacia atrás de lado para ver mejor. Mientras lo hacía, se canturreaba a sí mismo en voz baja con un acento y una dicción pintorescos:
Es la juventud y la locura Lo que hace a los jóvenes casarse, Así que aquí, mi amor, ya no Me quedaré. Lo que no tiene cura, sin duda, Debe ser agravado, sin duda, Así que me iré a la Amérika
Mi amor es hermosa, Mi amor es huesuda: Es como el buen güisqui Cuando es nuevo; Pero cuando es viejo Y se va enfriando Se apaga y muere como El rocío de la montaña.
La conciencia de la cálida y soleada ciudad al otro lado de su ventana y los tiernos temblores con los que la voz de su padre festoneaba el extraño aire triste y alegre disiparon de la mente de Stephen todas las brumas del mal humor de la noche. Se levantó deprisa para vestirse y, cuando la canción hubo terminado, dijo:
—Eso es mucho más bonito que cualquiera de tus otras canciones callejeras.
―¿Le parece a usted? —preguntó el señor Dedalus.
—Me gusta, dijo Stephen.
—Es una tonada bastante vieja —dijo el señor Dedalus, retorciéndose las puntas del bigote—. ¡Ah, pero tendríais que haber oído a Mick Lacy cantarla! ¡Pobre Mick Lacy! Le daba unos pequeños giros, unos gorgoritos que solía ponerle y que a mí no me salen. ¡Ese sí que era un tío que sabía cantar una balada patriótica, vaya que sí!
Mr. Dedalus había encargado morcillas blancas para desayunar y, durante la comida, sometió al camarero a un tercio de quites sobre las noticias