Consta que el diablo mismo, cuando cierto soldado le hizo la pregunta, se vio obligado a confesar que si se arrojara una montaña entera al ardiente océano del infierno, esta se quemaría en un instante como un trozo de cera. Y este terrible fuego no afligirá los cuerpos de los condenados solo desde el exterior, sino que cada alma perdida será un infierno para sí misma, con el fuego ilimitado enfurecido en sus propias entrañas. ¡Oh, cuán terrible es la suerte de esos seres desgraciados! La sangre hierve y se agita en las venas, los sesos hierven en el cráneo, el corazón en el pecho brilla y estalla, las entrañas forman una masa al rojo vivo de pulpa ardiente, los tiernos ojos flamean como esferas fundidas.
—Y, sin embargo, lo que he dicho acerca de la fuerza, la cualidad y la inmensidad de este fuego no es nada si se compara con su intensidad, una intensidad que posee por ser el instrumento elegido por el designio divino para el castigo del alma y del cuerpo por igual. Es un fuego que procede directamente de la ira de Dios, el cual no obra por su propia actividad sino como instrumento de la venganza divina. Así como las aguas del bautismo purifican el alma junto con el cuerpo, así los fuegos del castigo atormentan el espíritu junto con la carne. Cada sentido de la carne es atormentado y con él cada facultad del alma: * los ojos con una oscuridad impenetrable y absoluta, * la nariz con olores fétidos, * los oídos con gritos, aullidos y maldiciones, * el gusto con materias inmundas, corrupción leprosa, inmundicia asfixiante y sin nombre, * el tacto con aguijones y clavos al rojo vivo,