―Sí —dijo Cranly—. Quizá te sea difícil vivir aquí ahora. ¿Pero es eso lo que te hace marcharte?
—Tengo que irme —respondió Stephen.
—Porque —prosiguió Cranly—, no tienes por qué considerarte expulsado si no deseas marcharte, ni como un hereje o un bandido. Hay muchos buenos creyentes que piensan como tú. ¿Te sorprendería eso?
La iglesia no es el edificio de piedra ni siquiera el clero y sus dogmas. Es la masa entera de aquellos que hannacido en ella.
No sé qué es lo que deseas hacer en la vida. ¿Es lo que me dijiste la noche en que estábamos de pie frente a la estación de Harcourt Street?
—Sí —dijo Stephen, sonriendo a pesar de sí mismo ante la forma que tenía Cranly de asociar los pensamientos con los lugares—. La noche que pasaste media hora discutiendo con Doherty sobre el camino más corto de Sallygap a Larras.
―¡Porroide! —dijo Cranly con calma despectiva—. ¿Qué sabe él del camino de Sallygap a Larras? ¿O qué sabe de nada, si vamos a eso? ¡Y con esa cabezota de chorlito babosa y meona que tiene!
Prorrumpió en una carcajada fuerte y prolongada.
—¿Y bien? —dijo Stephen—. ¿Te acuerdas del resto?
―Lo que dijiste, ¿no? ―preguntó Cranly―. Sí, me acuerdo. Descubrir el modo de vida o de arte mediante el cual tu espíritu pueda expresarse en libertad absoluta.
Stephen se quitó el sombrero en señal de agradecimiento.