―Sobre el infierno.
―Supongo que te lo habrá echado bien en cara.
―Ya lo creo que sí. Nos metió a todos el miedo en el cuerpo.
—Eso es lo que ustedes quieren: y en abundancia para hacerles trabajar.
Se recostó débilmente en su escritorio. No había muerto. Dios aún le había perdonado la vida. Todavía estaba en el familiar mundo de la escuela. El señor Tate y Vincent Heron estaban junto a la ventana, hablando, bromeando, contemplando la lluvia desapacible, moviendo la cabeza.
—Ojalá aclarara. Había quedado en dar una vuelta en bicicleta con unos muchachos por los rumbos de Malahide. Pero los caminos deben de estar anegados hasta las rodillas.
—Puede que se despeje, señor.
Las voces que conocía tan bien, las palabras cotidianas, la quietud del aula cuando las voces se detenían y el silencio era llenado por el sonido del ganado pastando apaciblemente mientras los otros muchachos almorzaban con tranquilidad, arrullaron su alma dolorida.
Aún había tiempo.
¡Oh María, refugio de pecadores, intercede por él! ¡Oh Virgen Inmaculada, sálvalo del abismo de la muerte!
La lección de inglés comenzó con la audición de la historia. Personajes de la realeza, favoritos, intrigantes, obispos, desfilaban como fantasmas mudos tras su velo de nombres. Todos habían muerto; todos habían sido juzgados.