―Demasiado profundo para mí, Stevie, dijo. Pero el país de uno va primero. Irlanda primero, Stevie. Ya podrás ser poeta o místico después.
—¿Sabes qué es Irlanda? —preguntó Stephen con fría violencia—. Irlanda es la vieja cerda que se come a sus propios lechones.
Davin se levantó de su cajón y se acercó a los jugadores, negando con la cabeza tristemente. Pero en un momento la tristeza se le pasó y estaba discutiendo acaloradamente con Cranly y los dos jugadores que habían terminado su partida.
Se organizó un partido de cuatro, aunque Cranly insistió en que se usara su pelota. La dejó rebotar dos o tres veces contra su mano y la golpeó con fuerza y rapidez hacia el fondo del callejón, exclamando en respuesta a su sordo golpe:
—¡Tu alma!
Stephen se quedó con Lynch hasta que el tanteador comenzó a subir. Entonces le tiró de la manga para que se fuera. Lynch obedeció, diciendo:
―Vayamos también nosotros, como dice Cranly.
Stephen sonrió ante aquel ataque indirecto.
Regresaron por el jardín y salieron por el vestíbulo, donde el conserje chocho estaba poniendo un aviso en el tablón con chinchetas.
Al pie de los peldaños se detuvieron y Stephen sacó un paquete de cigarrillos del bolsillo y se lo ofreció a su compañero.
—Sé que eres pobre —dijo él.
—Maldita sea tu insolencia amarillenta —respondió Lynch.
Esta segunda prueba de la cultura de Lynch hizo que Stephen volviera a sonreír.