vueltas y gritando:
—¡Hurra!
Y dieron tres gemidos por Calvotas Dolan y tres hurras por Conmee y dijeron que era el rector más decente que jamás había pisado Clongowes.
Los vítores se apagaron en el aire gris y suave. Estaba solo. Era feliz y libre: pero no se mostraría orgulloso en modo alguno con el padre Dolan. Sería muy callado y obediente: y deseaba poder hacer algo amable por él para demostrarle que no estaba orgulloso.
El aire era suave y gris y templado y la tarde se acercaba.
Había olor a tarde en el aire, olor a los campos del lugar donde desenterraban nabos para pelarlos y comérselos cuando salían a dar un paseo hacia la finca del comandante Barton, el olor que había en el bosquecillo más allá del pabellón, donde estaban las agallas de roble.
Los muchachos practicaban lanzamientos largos y bolos altos y efectos lentos. En el suave silencio gris podía oír el sordo golpe de las pelotas: y de aquí y de allá a través del aire tranquilo el sonido de los bates de críquet: tic, tac, toc, tuc: como gotas de agua en una fuente que caen suavemente en el cuenco rebosante.