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nydus/A Portrait of the Artist as a Young ManPublic
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IV. Weekly Devotions

Lo mencionaba con humildad y vergüenza, y se arrepentía de él una vez más. Le humillaba y avergonzaba pensar que nunca se libraría por completo de él, por muy santamente que viviera o cualesquiera virtudes o perfecciones que pudiera alcanzar. Un inquietante sentimiento de culpa lo acompañaría siempre: se confesaría y se arrepentiría y sería absuelto, se confesaría y se arrepentiría de nuevo y volvería a ser absuelto, infructuosamente. ¿Tal vez aquella primera confesión apresurada, arrancada por el miedo al infierno, no había sido buena? ¿Tal vez, preocupado únicamente por su inminente condenación, no había sentido un pesar sincero por su pecado? Pero la señal más segura de que su confesión había sido buena y de que había sentido un pesar sincero por su pecado era, lo sabía, la enmienda de su vida.

—He enmendado mi vida, ¿no es así? —se preguntó.

El director estaba de pie en el hueco de la ventana, de espaldas a la luz, apoyando un codo en el estor marrón y, mientras hablaba y sonreía, balanceaba y enrollaba lentamente el cordón del otro estor. Stephen estaba ante él, siguiendo un momento con los ojos la menguante luz del largo día de verano sobre los tejados o los lentos y hábiles movimientos de los dedos sacerdotales.

El rostro del sacerdote estaba totalmente en sombra, pero la luz crepuscular que venía de atrás iluminaba las sienes profundamente surcadas y las curvas del cráneo.

Stephen siguió también con los oídos las inflexiones y los intervalos de la voz del sacerdote mientras hablaba con gravedad y cordialidad de temas indiferentes, las vacaciones que acababan de terminar, los colegios de la orden en el extranjero, el traslado de profesores.

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