pronunciada a la ligera a propósito y sentía que su rostro estaba siendo escudriñado por los ojos en la sombra.
Todo cuanto había oído o leído sobre el arte de los jesuitas lo había descartado francamente por no verse confirmado por su propia experiencia. Sus maestros, incluso cuando no le habían atraído, le habían parecido siempre sacerdotes inteligentes y serios, prefectos atléticos y de gran vitalidad. Los consideraba hombres que se lavaban el cuerpo enérgicamente con agua fría y llevaban ropa blanca, limpia y fría.
Durante todos los años que había vivido entre ellos en Clongowes y en Belvedere solo había recibido dos castigos con palmeta y, aunque se los habían aplicado injustamente, sabía que a menudo se había librado del castigo.
Durante todos aquellos años nunca había oído a ninguno de sus maestros una palabra frívola: eran ellos quienes le habían enseñado la doctrina cristiana y le habían instado a llevar una buena vida y, cuando había caído en pecado mortal, eran ellos quienes le habían devuelto a la gracia.
Su presencia le había hecho desconfiar de sí mismo cuando era un flojo en Clongowes y le había hecho desconfiar de sí mismo también mientras mantuvo su posición equívoca en Belvedere.
Una constante sensación de esto había permanecido con él hasta el último año de su vida escolar. Jamás había desobedecido ni había permitido que compañeros turbulentos lo sedujeran de su hábito de silenciosa obediencia; e incluso cuando dudaba de alguna afirmación de un maestro, nunca se había tomado la libertad de dudar abiertamente.
Últimamente algunos de sus juicios le habían sonado un poco infantiles a sus oídos y le habían hecho sentir un remordimiento y una lástima como si estuviera saliendo lentamente de un mundo al que estaba acostumbrado y estuviera oyendo su idioma por última vez.