Stephen se sentó a su derecha y el sacerdote del otro lado de la mesa cerró su ejemplar de The Tablet con un chasquido irritado y se puso de pie.
Cranly lo miró con placidez y vaguedad. El estudiante de medicina continuó con voz más suave:
—Peón de rey cuatro.
—Más nos valdría irnos, Dixon —dijo Stephen en tono de advertencia—. Ha ido a quejarse.
Dixon dobló el diario y se levantó con dignidad, diciendo:
―Nuestros hombres se retiraron en buen orden.
—Con armas y ganado —añadió Stephen, señalando la portada del libro de Cranly en la que estaba impreso Enfermedades del buey.
Al pasar por un pasillo entre las mesas, Stephen dijo:
—Cranly, quiero hablar contigo.
Cranly no contestó ni se volvió. Puso su libro sobre el mostrador y salió, con el sonido plano de sus zapatos bien calzados sobre el suelo. En la escalera se detuvo y, mirando distraídamente a Dixon, repitió:
―Peón a la maldita cuarta del rey.
―Póngalo de ese modo si le parece, dijo Dixon.
Tenía una voz apagada y monótona, modales urbanos y, en un dedo de su mano regordeta y limpia, lucía a ratos un anillo con sello.