Salió al descansillo sobre el vestíbulo y miró a su alrededor. Por allí había pasado Hamilton Rowan y quedaban las marcas de los perdigones de los soldados. Y allí los viejos criados habían visto al fantasma con la capa blanca de mariscal.
Un viejo criado barría al fondo del descansillo.
Le preguntó dónde estaba la habitación del rector y el viejo criado señaló la puerta del extremo y lo miró mientras avanzaba hacia ella y llamaba.
No hubo respuesta. Volvió a llamar más fuerte y el corazón le dio un vuelco al oír una voz ahogada que decía:
—¡Adelante!
Giró el picaporte y abrió la puerta y buscó a tanteo el picaporte de la puerta interior de bayeta verde. Lo encontró, la empujó para abrirla y entró.
Vio al rector sentado a un escritorio escribiendo. Había una calavera sobre el escritorio y un extraño y solemnes olor en la habitación como el del cuero viejo de los sillones.
Su corazón latía rápidamente debido al lugar solemne en el que se encontraba y al silencio de la habitación: y miró la calavera y el rostro de aspecto bondadoso del rector.
—Bueno, hombrecito —dijo el rector—, ¿qué se te ofrece?
Stephen tragó saliva para calmar el nudo en su garganta y dijo:
—Se me rompieron los anteojos, señor.
El rector abrió la boca y dijo:
―¡Oh!