Un lugar extraño y sagrado. El muchacho que sostenía el incensario lo había mecido suavemente de un lado a otro cerca de la puerta con la tapa plateada levantada por la cadenilla del medio para avivar las ascuas. Eso se llamaba carbón vegetal: y había estado ardiendo en silencio mientras el muchacho lo mecía con suavidad, exhalando un débil olor agrio. Y luego, cuando todos estuvieron revestidos, él se había quedado sosteniendo la naveta para el rector y el rector había echado una cucharadita de incienso en ella, y este había chisporroteado sobre las ascuas rojas.
Los muchachos conversaban en pequeños grupos aquí y allá por el patio de recreo. Los muchachos le pareció que habían encogido: eso era porque un corredor lo había atropellado el día antes, un muchacho de segundo de gramática. El muchacho lo había derribado con su máquina suavemente sobre la pista de ceniza y se le habían roto las gafas en tres pedazos y algo de la gravilla de la ceniza se le había metido en la boca.
Por eso los muchachos le parecieron más pequeños y más lejanos, y los postes de la portería tan delgados y lejanos, y el blando cielo gris tan alto.
Pero no había juego en el campo de fútbol, pues se acercaba el críquet; y unos decían que el profesor sería Barnes y otros que sería Flowers.
Y por todos los patios jugaban al rounders y tiraban efectos y globos. Y de aquí y de allá llegaban los sonidos de los bates de críquet a través del blando aire gris. Decían:
pick, pack, pock, puck: pequeñas gotas de agua en una fuente que caen lentamente en el cuenco rebosante.
Athy, que había permanecido en silencio, dijo en voz baja: