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Introducción en defensa de todo lo demás

Necesitamos ver el mundo de tal manera que combinemos una idea de asombro con una idea de acogida. Necesitamos ser felices en este país de las maravillas sin sentirnos ni una sola vez meramente cómodos. Es este logro de mi credo el que perseguiré principalmente en estas páginas.

Pero tengo una razón peculiar para mencionar al hombre del yate que descubrió Inglaterra. Pues yo soy ese hombre del yate. Yo descubrí Inglaterra.

No veo cómo este libro puede evitar ser egoísta; y no veo muy bien (a decir verdad) cómo puede evitar ser aburrido. Sin embargo, el aburrimiento me librará del cargo que más lamento: el cargo de ser frívolo.

La pura sofistería luminosa es precisamente lo que más desprecio de todas las cosas, y tal vez sea un hecho saludable que de esto sea de lo que generalmente se me acusa.

No conozco nada tan despreciable como una mera paradoja; una mera defensa ingeniosa de lo indefendible. Si fuera verdad (como se ha dicho) que el señor Bernard Shaw vive de la paradoja, entonces debería ser un simple millonario corriente; pues un hombre de su actividad mental podría inventar una sofistería cada seis minutos. Es tan fácil como mentir; porque es mentir.

Lo cierto es, por supuesto, que el señor Shaw se ve cruelmente coartado por el hecho de no poder decir ninguna mentira a menos que piense que es la verdad.

Me encuentro bajo la misma intolerable servidumbre. En mi vida he dicho nada meramente porque me pareciera divertido; aunque, por supuesto, he tenido la vanidad humana ordinaria, y puede que me haya parecido divertido porque lo había dicho.

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