Si Cenicienta dice: «¿Cómo es que debo irme del baile a las doce?», su madrina puede contestarle: «¿Cómo es que vas a estar ahí hasta las doce?». Si le dejo a un hombre en mi testamento diez elefantes parlantes y cien caballos alados, no puede quejarse si las condiciones participan de la ligera excentricidad del regalo. No hay que mirarle el colmillo a un caballo alado. Y me parecía que la existencia misma era un legado tan sumamente excéntrico que no podía quejarme por no comprender las limitaciones de la visión cuando ni siquiera comprendía la visión que ellas limitaban. El marco no era más extraño que el cuadro. La prohibición bien podía ser tan salvaje como la visión; podía ser tan desconcertante como el sol, tan esquiva como las aguas, tan fantástica y terrible como los árboles imponentes.
Por esta razón (podemos llamarla la filosofía del hada madrina) nunca pude unirme a los jóvenes de mi tiempo en lo que llamaban el sentimiento general de rebeldía. Me habría resistido, esperemos, a cualquier regla que fuera malvada, y con estas y su definición trataré en otro capítulo. Pero no me sentía dispuesto a resistirme a ninguna regla meramente por ser misteriosa. Los latifundios a veces se poseen mediante formas absurdas, como la quiebra de una vara o el pago de un grano de pimienta: yo estaba dispuesto a poseer la inmensa finca de la tierra y el cielo mediante cualquier fantasía feudal de ese tipo. Difícilmente podría ser más descabellado que el hecho de que se me permitiera poseerla en absoluto.
En esta etapa doy solo un ejemplo ético para mostrar mi sentido. Jamás pude unirme al murmullo común de esa generación emergente en contra de la monogamia, porque ninguna restricción sobre el sexo parecía tan extraña e inesperada como el sexo mismo.