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V. La bandera del mundo

en la torre, y cuanto más miserable sea, menos debemos abandonarla. La cuestión no es que este mundo sea demasiado triste para amarlo o demasiado alegre para no amarlo; la cuestión es que, cuando amas algo, su alegría es una razón para amarlo y su tristeza es una razón para amarlo más. Todos los pensamientos optimistas sobre Inglaterra y todos los pensamientos pesimistas sobre ella son igualmente razones para el patriota inglés. Del mismo modo, el optimismo y el pesimismo son por igual argumentos para el patriota cósmico.

Supongamos que nos enfrentamos a algo desesperado, digamos Pimlico. Si pensamos en lo que es realmente mejor para Pimlico, descubriremos que el hilo del pensamiento conduce al trono de lo místico y lo arbitrario. No basta con que a un hombre le desagrade Pimlico: en ese caso, simplemente se cortará el gargüero o se mudará a Chelsea. Tampoco basta, desde luego, con que a un hombre le agrade Pimlico: porque entonces seguirá siendo Pimlico, lo cual sería espantoso. La única salida parece ser que alguien ame Pimlico: que lo ame con un lazo trascendental y sin ninguna razón terrenal.

Si surgiera un hombre que amara a Pimlico, entonces Pimlico se elevaría en torres de marfil y pináculos de oro; Pimlico se ataviaría como una mujer cuando es amada. Porque la decoración no se concede para ocultar cosas horribles; sino para decorar cosas que ya son adorables. * Una madre no le pone a su hijo un lazo azul porque sea tan feo sin él. * Un amante no le regala a una muchacha un collar para esconder su cuello. Si los hombres amaran a Pimlico como las madres aman a los niños, arbitrariamente, porque es suyo, Pimlico en uno o dos años

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