Juana de Arco no estaba estancada en la encrucijada, ni rechazando todos los caminos como Tolstói, ni aceptándolos todos como Nietzsche. Ella eligió un camino y lo recorrió como un rayo.
Sin embargo, Juana, al ponerme a pensar en ella, tenía en su interior todo lo que había de verdadero en Tolstói o en Nietzsche, todo lo que era incluso tolerable en cualquiera de ellos.
Pensé en todo lo que hay de noble en Tolstói, el placer por las cosas sencillas, especialmente por la sencilla compasión, las realidades de la tierra, la reverencia por los pobres, la dignidad de la espalda encorvada. Juana de Arco tenía todo eso y con este gran añadido: que ella soportaba la pobreza además de admirarla, mientras que Tolstói es solo un típico aristócrata que intenta descubrir su secreto.
Y luego pensé en todo lo que hay de valiente, orgulloso y patético en el pobre Nietzsche, y en su motín contra la vacuidad y la timidez de nuestro tiempo. Pensé en su clamor por el equilibrio estático del peligro, en su hambre por la estampida de los grandes caballos, en su llamada a las armas. Bien, Juana de Arco tenía todo eso, y de nuevo con esta diferencia: que ella no alababa la lucha, sino que luchaba. Sabemos que no le temía a un ejército, mientras que Nietzsche, que sepamos, le temía a una vaca.
- Tolstói solo alababa al campesino; ella era la campesina.
- Nietzsche solo alababa al guerrero; ella era la guerrera.
Superó a ambos en sus propios ideales antagónicos; era más gentil que el uno, más violenta que el otro. Y, sin embargo, era una persona perfectamente práctica que hizo algo, mientras que ellos son especuladores salvajes que no hacen nada.
Era imposible que no cruzara por mi mente el pensamiento de que ella y su fe poseían tal vez algún secreto de unidad moral y utilidad que se ha perdido.