La creencia es tan grande que lleva mucho tiempo ponerla en acción. Y esta vacilación surge principalmente, por extraño que parezca, de la indiferencia acerca de por dónde debe uno empezar. Todos los caminos conducen a Roma; lo cual es una de las razones por las que mucha gente nunca llega allí. En el caso de esta defensa de la convicción cristiana, confieso que me daría lo mismo empezar el argumento por una cosa que por otra; lo empezaría por un nabo o por un taxi con taxímetro. Pero si he de poner algún cuidado en hacer que mi significado sea claro, será, creo, más prudente continuar los argumentos corrientes del capítulo anterior, que se ocupaba de instar la primera de estas coincidencias místicas, o más bien ratificaciones.
Todo lo que hasta entonces había oído de la teología cristiana me había alejado de ella.
Era pagano a la edad de doce años y un completo agnóstico a los dieciséis; y no puedo entender que nadie pase de los diecisiete años sin haberse hecho una pregunta tan sencilla.
Conservaba, en efecto, una nebulosa reverencia por una deidad cósmica y un gran interés histórico en el Fundador del cristianismo. Pero sin duda lo consideraba un hombre; aunque tal vez pensaba que, incluso en ese aspecto, Él llevaba ventaja sobre algunos de sus críticos modernos.
Leí la literatura científica y escéptica de mi tiempo —al menos toda la que pude encontrar escrita en inglés y a mi alcance—; y no leí nada más; quiero decir que no leí nada más sobre ninguna otra nota de filosofía. Las novelas de diez centavos (penny dreadfuls) que también leía se encontraban, en verdad, dentro de una tradición cristiana sana y heroica; pero yo no lo sabía entonces. Nunca leí una sola línea de apologética cristiana. Leo tan poco de ella como puedo hoy en día. Fueron Huxley,