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VI. Las paradojas del cristianismo

Así, por ejemplo, me conmovió mucho el elocuente ataque contra el cristianismo por considerarlo algo de una tristeza inhumana; pues yo pensaba (y sigo pensando) que el pesimismo sincero es el pecado imperdonable. El pesimismo insincero es un logro social, más bien agradable que otra cosa; y, afortunadamente, casi todo el pesimismo es insincero. Pero si el cristianismo era, como decían estas personas, algo puramente pesimista y opuesto a la vida, entonces yo estaba perfectamente dispuesto a hacer volar la catedral de San Pablo.

Pero lo extraordinario es lo siguiente. Me demostraron en el Capítulo I (a mi completa satisfacción) que el cristianismo era demasiado pesimista; y luego, en el Capítulo II, empezaron a demostrarme que era muchísimo demasiado optimista. Una acusación contra el cristianismo era que impedía a los hombres, mediante lágrimas y terrores morbosos, buscar la alegría y la libertad en el seno de la Naturaleza. Pero otra acusación era que consolaba a los hombres con una providencia ficticia, y los metía en una guardería de color de rosa. Un gran agnóstico preguntó por qué la Naturaleza no era bastante hermosa, y por qué era difícil ser libre. Otro gran agnóstico objetó que el optimismo cristiano, «el ropaje de pura fantasía tejido por manos piadosas», nos ocultaba el hecho de que la Naturaleza era fea y que era imposible ser libre. Un racionalista apenas había terminado de llamar pesadilla al cristianismo cuando otro empezó a llamarlo el paraíso de los tontos.

Esto me desconcertaba; los cargos parecían contradictorios. El cristianismo no podía ser al mismo tiempo la máscara negra sobre un mundo blanco, y también la máscara blanca sobre un mundo negro. La condición del cristiano no podía ser a la vez tan cómoda como para ser un cobarde por aferrarse a ella, y tan incómoda como para ser un tonto por soportarla. Si falseaba la visión humana, tenía que falsearla de un modo u otro; no podía llevar gafas verdes y de color de rosa al mismo tiempo. Rumiaba en

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