para el vicio. Los espíritus de la indignación y de la caridad adoptaron formas terribles y atractivas, que iban desde aquella fiereza monástica que flageló como a un perro al primero y más grande de los Plantagenet, hasta la sublime piedad de Santa Catalina, quien, en el matadero oficial, besó la cabeza ensangrentada del criminal. La poesía podía representarse además de componerse.
Este modo heroico y monumental de la ética ha desaparecido por completo con la religión sobrenatural. Aquellos, al ser humildes, podían ostentarse; pero nosotros somos demasiado orgullosos para destacar.
Nuestros maestros de la ética escriben razonablemente sobre la reforma penitenciaria; pero no es probable que veamos al señor Cadbury, ni a ningún filántropo eminente, entrar en la prisión de Reading y abrazar el cadáver estrangulado antes de ser arrojado a la cal viva.
Nuestros maestros de la ética escriben con moderación en contra del poder de los millonarios; pero no es probable que veamos al señor Rockefeller, ni a ningún tirano moderno, azotado públicamente en la Abadía de Westminster.
Así, las dobles acusaciones de los secularistas, aunque no arrojan sino oscuridad y confusión sobre ellos mismos, arrojan una luz real sobre la fe. Es verdad que la Iglesia histórica ha enfatizado al mismo tiempo el celibato y ha enfatizado la familia; ha estado al mismo tiempo (si se me permite expresarlo así) ferozmente a favor de tener hijos y ferozmente a favor de no tener hijos. Los ha mantenido uno al lado del otro como dos colores fuertes, rojo y blanco, como el rojo y el blanco sobre el escudo de San Jorge. Siempre ha sentido un sano odio hacia el rosa. Odia esa combinación de dos colores que es el recurso endeble de los filósofos. Odia esa evolución