Nietzsche y Shaw, tan claramente como se vería el choque inevitable de un tren desde un globo aerostático. Todos van camino al vacío del manicomio. Pues la locura puede definirse como el uso de la actividad mental para alcanzar la impotencia mental; y casi la han alcanzado. Quien cree que está hecho de vidrio, piensa para la destrucción del pensamiento; porque el vidrio no puede pensar. Así, quien se empeña en no rechazar nada, se empeña en la destrucción de la voluntad; pues la voluntad no es solo la elección de algo, sino el rechazo de casi todo.
Y mientras doy vueltas y revuelvo los libros modernos, ingeniosos, maravillosos, fatigosos e inútiles, el título de uno de ellos atrae clavada mi mirada. Se llama Jeanne d’Arc, de Anatole France. Solo le he echado un vistazo, pero un vistazo bastó para recordarme la Vie de Jésus de Renan. Tiene el mismo extraño método del escéptico reverente. Desacredita las historias sobrenaturales que tienen algún fundamento simplemente contando historias naturales que no tienen fundamento alguno. Puesto que no podemos creer en lo que hizo un santo, debemos fingir que sabemos exactamente lo que sintió. Pero no menciono ninguno de los dos libros para criticarlo, sino porque la combinación accidental de los nombres evocó dos imponentes imágenes de sensatez que redujeron a cenizas todos los libros ante mí.