de que hubiera dos escopetas y un hacha. Era agudamente urgente que no se perdiera nada; pero, de algún modo, era bastante divertido que no se pudiera añadir nada. Los árboles y los planetas parecían cosas salvadas del naufragio: y cuando vi el Cervino me alegró que no hubiera sido pasado por alto en la confusión. Sentía un apego ahorrativo por las estrellas como si fueran zafiros (así se les llama en el Edén de Milton): atesoraba las colinas. Pues el universo es una sola joya, y aunque es un tópico natural hablar de una joya sin par y sin precio, de esta joya es literalmente verdad. Este cosmos carece en verdad de par y de precio: porque no puede haber otro.
Así termina, en una inevitable insuficiencia, el intento de expresar las cosas inexpresables.
Estas son mis actitudes últimas ante la vida; los terrenos para las simientes de la doctrina. Estas, de algún modo oscuro, las pensé antes de saber escribir, y las sentí antes de saber pensar: para que podamos avanzar más fácilmente después, las recapitularé a grandes rasgos ahora.