Así ocurre cuando el socialista común, con rostro radiante, demuestra que los pobres, tras sus machacantes experiencias, no pueden ser verdaderamente dignos de confianza. En cualquier momento los ricos pueden decir: «Muy bien, entonces, no confiaremos en ellos», y darle con la puerta en las narices. Sobre la base de la perspectiva del señor Blatchford acerca de la herencia y el entorno, los argumentos a favor de la aristocracia son totalmente abrumadores. Si los hogares limpios y el aire limpio hacen almas limpias, ¿por qué no dar el poder (al menos por ahora) a quienes indudablemente tienen el aire limpio? Si unas mejores condiciones harán que los pobres sean más aptos para gobernarse a sí mismos, ¿por qué unas mejores condiciones no hacen ya que los ricos sean más aptos para gobernarlos? Basándose en el argumento habitual sobre el entorno, el asunto es bastante evidente. La clase acomodada debe ser simplemente nuestra vanguardia en la Utopía.
¿Hay alguna respuesta a la proposición de que aquellos que han tenido las mejores oportunidades serán probablemente nuestros mejores guías? ¿Hay alguna respuesta al argumento de que quienes han respirado aire puro deberían decidir por quienes han respirado aire viciado? Hasta donde sé, solo hay una respuesta, y esa respuesta es el cristianismo. Solo la Iglesia cristiana puede ofrecer alguna objeción racional a una confianza ciega en los ricos. Porque ella ha sostenido desde el principio que el peligro no estaba en el entorno del hombre, sino en el hombre mismo. Además, ha sostenido que si llegamos a hablar de un entorno peligroso, el entorno más peligroso de todos es el entorno acomodado. Sé que la manufactura más moderna se ha ocupado realmente en intentar producir una aguja anormalmente grande. Sé que los biólogos más recientes se han afanado principalmente en descubrir un camello muy pequeño. Pero si reducimos el camello a su mínima expresión, o abrimos el ojo de la aguja a su máximo tamaño; si, en resumen, suponemos que las