mi lengua con un gozo terrible, como hacían todos los jóvenes de aquella época, las burlas que Swinburne lanzaba contra la sombría desolación del credo—
“Has vencido, oh pálido Galileo; el mundo se ha vuelto gris con tu aliento.”
Pero cuando leí las descripciones del paganismo hechas por el mismo poeta (como en «Atalanta»), deduje que el mundo era, si cabe, más gris antes de que el Galileo soplara sobre él que después.
El poeta sostenía, en efecto, en abstracto, que la vida misma era de un negro alquitrán. Y sin embargo, de algún modo, el cristianismo la había oscurecido. El mismo hombre que denigraba al cristianismo por su pesimismo era él mismo un pesimista.
Pensé que tenía que haber algo equivocado. Y por un instante fugaz se me pasó por la cabeza que, tal vez, los mejores jueces sobre la relación entre la religión y la felicidad no fuesen precisamente quienes, según sus propias palabras, no tenían ninguna de las dos.
Hay que entender que no deduje apresuradamente que las acusaciones fuesen falsas o los acusadores necios. Sencillamente deducí que el cristianismo debía de ser algo aún más extraño y perverso de lo que ellos pregonaban.
Una cosa podría tener estos dos vicios opuestos; pero, de ser así, tendría que ser una cosa bastante estrafalaria. Un hombre podría estar demasiado gordo en un sitio y demasiado flaco en otro; pero tendría una forma singular.
En este punto mis pensamientos giraban únicamente en torno a la forma singular de la religión cristiana; yo no señalaba ninguna forma singular en la mente racionalista.
Aquí hay otro caso de la misma índole.