El místico permite que una cosa sea misteriosa, y todo lo demás se vuelve lúcido. El determinista aclara por completo la teoría de la causalidad, y luego descubre que no puede decirle «por favor» a la criada. El cristiano permite que el libre albedrío siga siendo un misterio sagrado; pero, a causa de esto, sus relaciones con la criada adquieren una claridad centelleante y cristalina. Coloca la semilla del dogma en una oscuridad central, pero esta se ramifica en todas direcciones con una salud natural desbordante.
Como hemos tomado el círculo como símbolo de la razón y la locura, bien podemos tomar la cruz como símbolo a la vez del misterio y de la salud.
El budismo es centrípeto, pero el cristianismo es centrífugo: se desborda.
Pues el círculo es perfecto e infinito por naturaleza, pero su tamaño es fijo para siempre; nunca puede ser mayor ni menor.
Pero la cruz, aunque lleva en su corazón una colisión y una contradicción, puede extender sus cuatro brazos eternamente sin alterar su forma. Como tiene una paradoja en su centro, puede crecer sin cambiar.
El círculo vuelve sobre sí mismo y está atado. La cruz abre sus brazos a los cuatro vientos; es un indicador para los viajeros libres.
Los símbolos por sí solos tienen un valor cuando menos turbio al hablar de este profundo asunto; y otro símbolo tomado de la naturaleza física expresará suficientemente bien el verdadero lugar del misticismo ante la humanidad.