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IV. La ética del País de los Elfos

muchos principios nobles y sanos que surgen de ellos. Está la lección caballeresca de «Juanito y los frijoles mágicos»; la de que hay que matar a los gigantes por el mero hecho de ser gigantes. Es un motín varonil contra el orgullo en cuanto tal. Pues el rebelde es más antiguo que todos los reinos, y el jacobino tiene más tradición que el jacobita. Está la lección de «Cenicienta», que es la misma del Magníficat: exaltavit humiles*. Está la gran lección de «La bella y la bestia»: que es necesario amar una cosa antes de que sea digna de amor. Está la terrible alegoría de «La bella durmiente», que cuenta cómo la criatura humana fue bendecida con todos los dones de nacimiento, pero maldita con la muerte; y cómo tal vez la muerte pueda también suavizarse hasta convertirse en sueño. Pero no me ocupo de ninguno de los estatutos particulares del país de los elfos, sino de todo el espíritu de su ley, que aprendí antes de saber hablar y que conservaré cuando ya no sepa escribir. Me ocupa cierta manera de contemplar la vida, que los cuentos de hadas crearon en mí, pero que desde entonces ha sido humildemente ratificada por los meros hechos.

Podría plantearse de este modo. Hay ciertas secuencias o desarrollos (casos en los que una cosa sigue a otra) que son, en el verdadero sentido de la palabra, razonables. Son, en el verdadero sentido de la palabra, necesarios. Tales son las secuencias matemáticas y meramente lógicas. Nosotros, en el país de las hadas (que somos las más razonables de todas las criaturas), admitimos esa razón y esa necesidad. Por ejemplo, si las Hermanastras son mayores que Cenicienta, es (en un sentido férreo y terrible) necesario que Cenicienta sea más joven que las Hermanastras. No hay escapatoria posible. Haeckel puede explayarse todo lo que quiera sobre el fatalismo respecto a ese hecho: de verdad tiene que ser así. Si Jack es hijo de un molinero, un molinero es el padre de Jack.

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