Nada puede salvarlo sino un hambre ciega de normalidad, como la de una bestia. Un hombre no puede salir pensando del mal mental; porque es precisamente el órgano del pensamiento el que se ha enfermado, vuelto ingobernable y, por decirlo así, independiente. Solo puede salvarse mediante la voluntad o la fe. En el momento en que su mera razón se mueve, se desplaza por el viejo surco circular; dará vueltas y vueltas en su círculo lógico, exactamente igual que un hombre en un vagón de tercera clase del Inner Circle dará vueltas y vueltas por el Inner Circle a menos que realice el acto voluntario, vigoroso y místico de bajarse en Gower
La decisión es todo el asunto aquí; una puerta debe cerrarse para siempre. Todo remedio es un remedio desesperado. Toda cura es una cura milagrosa. Curar a un loco no es discutir con un filósofo; es expulsar un demonio. Y por muy silenciosamente que los médicos y los psicólogos procedan en el asunto, su actitud es profundamente intolerante—tan intolerante como María la Sanguinaria. Su actitud es en realidad esta: que el hombre debe dejar de pensar, si ha de seguir viviendo. Su consejo es el de una amputación intelectual. Si tu cabeza te es ocasión de tropiezo, córtatela; pues es mejor, no meramente entrar en el Reino de los Cielos como un niño, sino entrar en él como un imbécil, antes que ser arrojado con todo tu intelecto al infierno—o a Hanwell.
Tal es el loco de la experiencia; por lo común es un razonador, con frecuencia un razonador exitoso. Sin duda podría ser vencido en la mera razón y el caso en su contra plantearse lógicamente. Pero puede plantearse mucho más con precisión en términos más generales e incluso estéticos. Se encuentra en la prisión limpia y bien iluminada de una sola idea: está afilado hasta convertirse en un punto doloroso. Carece de la vacilación sana y de la complejidad sana.