hombre y otro. Si se me permite expresarlo así, ella no nos dice que amemos a nuestros prójimos; nos dice que seamos nuestros prójimos. Esa es la descripción reflexiva y sugerente que hace la señora Besant de la religión en la que todos los hombres deben encontrarse de acuerdo. Y jamás he oído en mi vida una sugerencia con la que esté más violentamente en desacuerdo. Quiero amar a mi prójimo no porque sea yo, sino precisamente porque no es yo. Quiero adorar al mundo, no como a uno le gusta un espejo, porque es uno mismo, sino como se ama a una mujer, porque es completamente diferente. Si las almas están separadas, el amor es posible. Si las almas están unidas, el amor es obviamente imposible. Se puede decir, en un sentido laxo, que un hombre se ama a sí mismo, pero difícilmente puede enamorarse de sí mismo, o, si lo hace, debe de ser un cortejo monótono. Si el mundo está lleno de yos reales, pueden ser yos verdaderamente desinteresados. Pero, según el principio de la señora Besant, todo el cosmos es solo una persona enormemente egoísta.
Es precisamente aquí donde el budismo se pone del lado del panteón y la inmanencia modernos. Y es precisamente aquí donde el cristianismo se pone del lado de la humanidad, de la libertad y del amor. El amor desea la personalidad; por lo tanto, el amor desea la división. Es el instinto del cristianismo alegrarse de que Dios haya hecho trizas el universo, porque son pedazos vivos. Su instinto es decir «hijitos, amaos los unos a los otros» en lugar de ordenarle a una sola gran persona que se ame a sí misma. Este es el abismo intelectual entre el budismo y el cristianismo: que para el budista o el teósofo la personalidad es la caída del hombre, mientras que para el cristiano es el propósito de Dios, el sentido último de su idea cósmica.