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IV. La ética del País de los Elfos

Lo descartamos, no porque sea un milagro y, por tanto, una imposibilidad, sino porque es un milagro y, por tanto, una excepción.

Todos los términos empleados en los libros de ciencia, «ley», «necesidad», «orden», «tendencia», etcétera, carecen realmente de sentido intelectual, porque presuponen una síntesis interior que no poseemos.

Las únicas palabras que me han satisfecho jamás para describir la Naturaleza son los términos empleados en los libros de hadas: «encanto», «hechizo», «sortilegio». Expresan la arbitrariedad del hecho y su misterio.

  • Un árbol da frutos porque es un árbol mágico.
  • El agua corre cuesta abajo porque está hechizada.
  • El sol brilla porque está hechizado.

Niego rotundamente que esto sea fantástico o siquiera místico. Puede que tengamos algo de misticismo más adelante; pero este lenguaje de cuento de hadas sobre las cosas es simplemente racional y agnóstico. Es la única forma en que puedo expresar con palabras mi clara y definida percepción de que una cosa es muy distinta de otra; de que no hay conexión lógica entre volar y poner huevos. El místico es el hombre que habla de «una ley» que jamás ha visto. Es más, el hombre científico común y corriente es estrictamente un sentimentalista. Es un sentimentalista en este sentido esencial: está empapado y arrastrado por meras asociaciones. Ha visto volar a los pájaros y poner huevos tantas veces que siente como si tuviera que haber alguna conexión vaga y tierna entre ambas ideas, cuando no la hay. * Un amante desdichado puede ser incapaz de disociar la luna de un amor perdido; del mismo modo, el materialista es incapaz

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