Un hombre cercado por el mar puede salvar su vida si se arriesga en el precipicio. Solo puede huir de la muerte coqueteando continuamente con ella a cada paso. Un soldado rodeado de enemigos, si ha de abrirse paso a golpes, necesita combinar un fuerte deseo de vivir con una extraña indiferencia ante la muerte. * No debe limitarse a aferrarse a la vida, pues de lo contrario será un cobarde y no escapará. * No debe limitarse a esperar la muerte, pues de lo contrario será un suicida y no escapará. Debe buscar su vida con un espíritu de furiosa indiferencia hacia ella; debe desear la vida como el agua y, sin embargo, beber la muerte como
Ningún filósofo, me figuro, ha expresado jamás este enigma romántico con adecuada lucidez, y ciertamente yo no lo he hecho.
Pero el cristianismo ha hecho más: ha señalado sus límites en las pavorosas tumbas del suicida y del héroe, mostrando la distancia entre quien muere por amor a la vida y quien muere por amor a la muerte.
Y ha enarbolado desde entonces sobre las lanzas europeas el estandarte del misterio de la caballería: el valor cristiano, que es un desdén hacia la muerte; no el valor chino, que es un desdén hacia la vida.
Y ahora comencé a descubrir que esta doble pasión era la clave cristiana de la ética en todas partes. En todas partes el credo lograba una moderación a partir del silencioso choque de dos emociones impetuosas.
Tomemos, por ejemplo, la cuestión de la modestia, del equilibrio entre el mero orgullo y la mera postración. El pagano promedio, al igual que el agnóstico promedio, se limitaría a decir que está satisfecho consigo