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VI. Las paradojas del cristianismo

Ahora bien, fue precisamente en este punto de la especulación cuando recordé mis pensamientos sobre el mártir y el suicida. En este asunto se había dado esa combinación entre dos posturas casi dementes que, sin embargo, de algún modo equivalían a la cordura.

Esta era precisamente otra contradicción por el estilo; y esto ya lo había encontrado yo antes. Era exactamente una de las paradojas en las que los escépticos encontraban que el credo estaba equivocado; y en ella yo había encontrado que estaba en lo cierto.

Por mucho que los cristianos amaran locamente al mártir u odiasen al suicida, nunca sintieron estas pasiones con más locura de la que yo las había sentido mucho antes de soñar con el cristianismo.

Entonces se abrió la parte más difícil e interesante del proceso mental, y comencé a rastrear oscuramente esta idea a través de todos los enormes pensamientos de nuestra teología.

La idea era la que yo había esbozado acerca del optimista y del pesimista; que no queremos una amalgama o un compromiso, sino ambas cosas en la cúspide de su energía; el amor y la ira ardiendo al mismo tiempo.

Aquí solo la rastrearé en relación con la ética.

Pero no necesito recordarle al lector que la idea de esta combinación es, en efecto, central en la teología ortodoxa. Porque la teología ortodoxa ha insistido especialmente en que Cristo no era un ser ajeno a Dios y al hombre, como un elfo, ni tampoco un ser medio humano y medio no humano, como un centauro, sino ambas cosas a la vez y ambas cosas por completo, verdadero hombre y verdadero Dios. Ahora permítanme rastrear esta noción tal como la encontré.

Todos los hombres cuerdos pueden ver que la cordura es una especie de equilibrio; que uno puede estar loco y comer demasiado, o loco y comer muy poco.

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