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IV. La ética del País de los Elfos

Está apelando a la superioridad de un experto frente a la temible autoridad de una multitud. Es muy fácil ver por qué una leyenda es tratada, y debe ser tratada, con más respeto que un libro de historia. La leyenda suele ser hecha por la mayoría de la gente del pueblo, que está en su sano juicio. El libro suele ser escrito por el único hombre del pueblo que está loco.

Aquellos que instan en contra de la tradición que los hombres del pasado eran ignorantes pueden ir a instarlo al Carlton Club, junto con la afirmación de que los votantes en los barrios marginales son ignorantes.

A nosotros no nos sirve. Si concedemos gran importancia a la opinión de los hombres comunes en gran unanimidad cuando tratamos asuntos cotidianos, no hay razón para que la desatendamos cuando tratamos de historia o de fábula.

La tradición puede definirse como una ampliación del sufragio. La tradición significa dar votos a la más oscura de todas las clases, nuestros antepasados. Es la democracia de los muertos.

La tradición se niega a someterse a la pequeña y arrogante oligarquía de aquellos que simplemente pasan por estar vivos. Todos los demócratas se oponen a que los hombres sean descalificados por el accidente del nacimiento; la tradición se opone a que sean descalificados por el accidente de la muerte.

La democracia nos dice que no debemos desatender la opinión de un hombre bueno, aunque sea nuestro caballerizo; la tradición nos pide que no desatendamos la opinión de un hombre bueno, aunque sea nuestro padre. Yo, al menos, no puedo separar las dos ideas de democracia y tradición; me parece evidente que son la misma idea. Queremos que los muertos estén en nuestros consejos.

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