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V. La bandera del mundo

preferiría decir que la hierba tenía el color equivocado antes que decir que necesariamente tenía que haber tenido ese color: bien podría haber sido de cualquier otro. Mi sensación de que la felicidad pendía del hilo descabellado de una condición sí significaba algo, a fin de cuentas: significaba toda la doctrina de la Caída.

Aun aquellos monstruos de conceptos vagos e informes que no he sido capaz de describir, y mucho menos de defender, ocuparon silenciosamente sus lugares como cariátides colosales del credo.

La fantasía de que el cosmos no era vasto y vacío, sino pequeño y acogedor, cobró entonces un significado consumado, pues cualquier cosa que sea una obra de arte debe ser pequeña a los ojos del artista; para Dios, las estrellas tal vez fueran solo pequeñas y queridas, como diamantes.

Y mi persistente instinto de que, de algún modo, el bien no era meramente una herramienta para ser usada, sino una reliquia para ser custodiada, como los bienes del barco de Crusoe —incluso eso había sido el salvaje murmullo de algo originariamente sabio, porque, según el cristianismo, éramos en verdad los supervivientes de un naufragio, la tripulación de un barco de oro que se había ido a pique antes del principio del mundo.

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