La ética de Elfland
Cuando el hombre de negocios reprende el idealismo de su pinche de oficina, por lo común lo hace con un discurso semejante a este: > «Ah, sí, cuando uno es joven, tiene esos ideales en abstracto y esos castillos en el aire; pero en la mediana edad todo eso se disipa como las nubes, y uno llega a creer en la política práctica, en utilizar la maquinaria de que dispone y en tirar hacia adelante con el mundo tal como es». Así, al menos, solían hablarme los venerables y filantrópicos ancianos que hoy descansan en sus honorables tumbas cuando yo era un muchacho. Pero desde entonces he crecido y he descubierto que aquellos ancianos filantrópicos mentían. Lo que ha sucedido en realidad es exactamente lo opuesto a lo que decían que sucedería. Decían que perdería mis ideales y empezaría a creer en los métodos de los políticos prácticos. Pues bien, no he perdido mis ideales en absoluto; mi fe en los principios fundamentales es exactamente la misma de siempre. Lo que he perdido es mi vieja fe infantil en la política práctica. Sigo tan preocupado como siempre por la batalla de Armagedón; pero ya no me preocupa tanto las elecciones generales. De niño me sentaba en las rodillas de mi madre con la mera mención de estas. No; la visión es siempre sólida y fiable. La visión es siempre un hecho. Es la realidad la que a menudo resulta ser un