furiosamente a favor del uno y furiosamente en contra del otro: estas dos cosas que se parecía tanto estaban en los extremos opuestos del cielo y del infierno. * Un hombre arrojó su vida; era tan bueno que sus huesos secos podían sanar ciudades en tiempos de peste. * Otro hombre arrojó su vida; era tan malo que sus huesos contaminarían los de sus hermanos. No digo que esta ferocidad fuera justa; pero ¿por qué era
Aquí fue donde por primera vez descubrí que mis pies errantes se hallaban en algún camino trillado. El cristianismo también había sentido esta oposición del mártir al suicida: ¿la había sentido acaso por la misma razón? ¿Había sentido el cristianismo lo que yo sentía, pero no podía (ni puede) expresar —esta necesidad de una primera lealtad hacia las cosas, y luego de una reforma ruinosa de las cosas? Entonces recordé que, de hecho, a el cristianismo se le acusaba de combinar estas dos cosas que yo estaba intentando combinar desesperadamente. Se acusaba al cristianismo, al mismo tiempo, de ser demasiado optimista respecto al universo y demasiado pesimista respecto al mundo. La coincidencia me hizo detener de repente.
Se ha introducido en la controversia moderna la costumbre necia de decir que tal o cual credo puede sostenerse en una época pero no puede sostenerse en otra. Se nos dice que cierto dogma era creíble en el siglo XII, pero no es creíble en el siglo XX. Sería lo mismo que decir que cierta filosofía puede creerse los lunes, pero no puede creerse los martes. Sería lo mismo que decir de una visión del cosmos que era adecuada a las tres y media, pero no adecuada a las cuatro y media. Lo que un hombre puede creer depende de su filosofía, no del reloj ni del siglo.