Está llena de peligro como un libro de aventuras: se encuentra en una crisis inmortal. Hay una gran cantidad de auténtica similitud entre la ficción popular y la religión de los pueblos occidentales. Si dices que la ficción popular es vulgar y de mal gusto, solo dices lo que los aburridos y bien informados dicen también sobre las imágenes en las iglesias católicas. La vida (según la fe) es muy parecida a una novela por entregas en una revista: la vida termina con la promesa (o amenaza) «continuará en nuestro próximo número». Asimismo, con una noble vulgaridad, la vida imita a la serie y se interrumpe en el momento emocionante. Pues la muerte es claramente un momento emocionante.
Pero el quid de la cuestión es que una historia resulta emocionante porque contiene un elemento muy fuerte de voluntad, de lo que la teología llama libre albedrío. No puedes terminar una suma como te dé la gana. Pero puedes terminar una historia como te dé la gana. Cuando alguien descubrió el cálculo infinitesimal, solo existía un cálculo infinitesimal que pudiera descubrir. Pero cuando Shakespeare mató a Romeo, podría haberlo casado con la vieja nodriza de Julieta de haberle apetecido. Y la Cristiandad ha sobresalido en el romance narrativo precisamente porque ha insistido en el libre albedrío teológico. Es un asunto amplio y demasiado apartado del camino principal como para debatirlo adecuadamente aquí; pero esta es la verdadera objeción a esa avalancha de discursos modernos sobre tratar el crimen como una enfermedad, sobre convertir la prisión meramente en un entorno higiénico como un hospital, sobre curar el pecado mediante lentos métodos científicos. La falacia de todo ello radica en que el mal es una cuestión de elección activa, mientras que la enfermedad no lo es. Si afirmas que vas a curar a un libertino del mismo modo que curas a un asmático, mi respuesta fácil