El misticismo mantiene cuerdos a los hombres.
Mientras tengas misterio tienes salud; cuando destruyes el misterio creas morbosidad. El hombre común siempre ha sido cuerdo porque el hombre común siempre ha sido un místico. Ha permitido la penumbra. Siempre ha tenido un pie en la tierra y el otro en el país de las hadas.
Siempre se ha dejado libre para dudar de sus dioses; pero (a diferencia del agnóstico de hoy) libre también para creer en ellos. Siempre le ha importado más la verdad que la coherencia. Si veía dos verdades que parecían contradecirse la a una la otra, tomaba las dos verdades y la contradicción junto con ellas.
Su visión espiritual es estereoscópica, como su visión física: ve dos imágenes diferentes a la vez y, sin embargo, ve mucho mejor por ello.
- Así, siempre ha creído que existía algo llamado destino, pero también algo llamado libre albedrío.
- Así, creía que los niños eran en verdad el reino de los cielos, pero que, sin embargo, debían ser obedientes al reino de la tierra.
- Admiraba la juventud porque era joven y la vejez porque no lo era.
Es exactamente este equilibrio de aparente contradicciones el que ha constituido toda la vitalidad del hombre sano.
Todo el secreto del misticismo es este: que el hombre puede comprenderlo todo con la ayuda de lo que no comprende. El lógico morbido busca hacer todo lúcido, y logra hacerlo todo misterioso.