del negro al blanco que equivale a un gris sucio. De hecho, toda la teoría de la Iglesia sobre la virginidad podría simbolizarse en la afirmación de que el blanco es un color, no meramente la ausencia de un color. Todo lo que estoy defendiendo aquí puede expresarse diciendo que el cristianismo procuró en la mayoría de estos casos mantener dos colores coexistentes pero puros. No es una mezcla como el pardo rojizo o el púrpura; es más bien como una seda cambiante, pues una seda cambiante se cruza siempre en ángulo recto, y tiene el diseño de la cruz.
Así ocurre también, por supuesto, con las contradictorias acusaciones de los anticristianos sobre la sumisión y la carnicería. Es verdad que la Iglesia ordenó a unos hombres luchar y a otros no luchar; y es verdad que los que lucharon fueron como rayos y los que no lucharon fueron como estatuas.
Todo esto significa simplemente que la Iglesia prefirió utilizar a sus superhombres y utilizar a sus tolstoyanos.
Debe de haber algo bueno en la vida de combate, pues a tantos hombres buenos les ha gustado ser soldados. Debe de haber algo bueno en la idea de la no resistencia, pues a tantos hombres buenos parece gustarles ser cuáqueros.
Todo lo que hizo la Iglesia (en ese sentido) fue evitar que cualquiera de estas dos cosas buenas desplazara a la otra. Existían una al lado de la otra.
Los tolstoianos, que tenían todos los escrupulos de los monjes, simplemente se convirtieron en monjes. Los cuáqueros se convirtieron en un club en lugar de convertirse en una secta. Los monjes dijeron todo lo que dice Tolstói; derramaron lúcidas lamentaciones sobre la crueldad de las batallas y la vanidad de la