La autoridad y el aventurero
El último capítulo se ha ocupado de sostener que la ortodoxia no es solo (como a menudo se insiste) la única y segura protectora de la moral o el orden, sino que es también la única protectora lógica de la libertad, la innovación y el progreso. Si deseamos derribar al opresor próspero, no podemos hacerlo con la nueva doctrina de la perfectibilidad humana; podemos hacerlo con la vieja doctrina del Pecado Original. Si queremos erradicar las crueldades intrínsecas o levantar a las poblaciones perdidas, no podemos hacerlo con la teoría científica de que la materia precede a la mente; podemos hacerlo con la teoría sobrenatural de que la mente precede a la materia. Si deseamos de manera especial despertar en las personas la vigilancia social y la búsqueda incansable de la praxis, no lograremos gran cosa insistiendo en el Dios Inmanente y en la Luz Interior: pues estas son, a lo sumo, razones para la autocomplacencia; podemos lograr mucho insistiendo en el Dios trascendente y en el fulgor huidiza y esquiva; porque eso significa descontento divino. Si queremos afirmar en particular la idea de un equilibrio generoso frente a la de una autocracia temible, seremos instintivamente trinitarios antes que unitarios. Si deseamos que la civilización europea sea una incursión y un rescate, insistiremos más bien en que las almas están en verdadero peligro que en que su peligro es en última instancia irreal.