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VI. Las paradojas del cristianismo

Es sencillo con respecto a la verdad sencilla; pero es terco con respecto a la verdad sutil. Admitirá que un hombre tiene dos manos, pero no admitirá (aunque todos los modernistas le Lloriqueuen) la deducción obvia de que tiene dos corazones. Mi único propósito en este capítulo es señalar esto; mostrar que siempre que sintamos que hay algo extraño en la teología cristiana, por lo general descubriremos que hay algo extraño en la verdad.

He aludido a una frase sin sentido que viene a decir que tal o cual credo no puede ser creído en nuestra época.

Por supuesto, cualquier cosa puede ser creída en cualquier época. Pero, curiosamente, hay verdaderamente un sentido en el cual un credo, si es que se cree en absoluto, puede creerse con mayor firmeza en una sociedad compleja que en una simple.

Si un hombre encuentra que el cristianismo es verdad en Birmingham, tiene en realidad razones más claras para la fe que si lo hubiera encontrado verdad en Mercia. Pues cuanto más complicada parece la coincidencia, menos puede tratarse de una coincidencia. Si los copos de nieve cayeran con la forma, digamos, del corazón de Midlothian, podría ser un accidente. Pero si los copos de nieve cayeran con la forma exacta del laberinto de Hampton Court, creo que uno podría llamarlo un milagro.

Es exactamente como un milagro semejante como desde entonces he llegado a sentir la filosofía del cristianismo. La complejidad de nuestro mundo moderno demuestra la verdad del credo con más perfección que cualquiera de los sencillos problemas de las edades de la fe. Fue en Notting Hill y en Battersea donde empecé a ver que el cristianismo era verdad.

Por esto la fe cuenta con esa elaboración de doctrinas y detalles que tanto angustia a quienes admiran el cristianismo sin creer en él.

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