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VI. Las paradojas del cristianismo

Algunos modernos han aparecido, en efecto, con versiones vagas del progreso y la evolución que buscan destruir el μέσον o el equilibrio de Aristóteles. Parecen sugerir que estamos destinados a morir de hambre progresivamente, o a seguir comiendo desayunos cada vez más grandes todas las mañanas para siempre. Pero la gran verdad evidente del μέσον sigue en pie para todos los hombres pensantes, y esta gente no ha alterado ningún equilibrio excepto el suyo propio. Pero, dado que todos debemos mantener un equilibrio, el verdadero interés surge con la cuestión de cómo puede mantenerse ese equilibrio. Ese fue el problema que el paganismo intentó resolver; ese fue el problema que, en mi opinión, el cristianismo resolvió, y lo resolvió de un modo muy extraño.

El paganismo declaró que la virtud consistía en un equilibrio; el cristianismo declaró que consistía en un conflicto: la colisión de dos pasiones aparentemente opuestas. Por supuesto que en realidad no eran incoherentes; pero eran tales que resultaba difícil mantenerlas simultáneamente.

Sigamos por un momento la pista del mártir y del suicida; y tomemos el caso del valor. Ninguna cualidad ha confundido tanto las mentes y enredado las definiciones de los sabios puramente racionales.

El valor es casi una contradicción en los términos. Significa un fuerte deseo de vivir que adopta la forma de una disposición a morir.

«El que pierdiere su vida, la salvará», no es una pieza de misticismo para santos y héroes. Es un consejo cotidiano para marineros o montañeros. Podría imprimirse en una guía alpina o en un manual militar.

Esta paradoja es todo el principio del valor; incluso del valor puramente terrenal o puramente brutal.

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