El placer del optimista era prosaico, pues se demoraba en la naturalidad de todo; el placer cristiano era poético, pues se demoraba en la antinaturalidad de todo a la luz de lo sobrenatural. El filósofo moderno me había dicho una y otra vez que yo estaba en el lugar adecuado, y yo me había sentido deprimido aun al asentir. Pero se me dijo que estaba en el lugar equivocado, y mi alma cantó de alegría, como un pájaro en primavera. El saber descubrió e iluminó cámaras olvidadas en la oscura casa de la infancia. Sabía ahora por qué la hierba siempre me había parecido tan extraña como la barba verde de un gigante, y por qué podía sentir nostalgia estando en casa.
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V. La bandera del mundo
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