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VI. Las paradojas del cristianismo

Porque un hombre oraba y ayunaba sobre las nieves del Norte, se podían arrojar flores en su festividad en las ciudades del Sur; y porque unos fanáticos bebían agua en las arenas de Siria, los hombres aún podían beber sidra en los huertos de Inglaterra. Esto es lo que hace que la Cristiandad sea a la vez mucho más desconcertante y mucho más interesante que el imperio pagano; del mismo modo que la catedral de Amiens no es mejor, sino más interesante, que el Partenón.

Si alguien quiere una prueba moderna de todo esto, considere el curioso hecho de que, bajo el cristianismo, Europa (aun conservando su unidad) se ha fragmentado en naciones individuales.

El patriotismo es un ejemplo perfecto de este deliberado equilibrio entre un énfasis y otro. El instinto del imperio pagano habría dicho: «Todos seréis ciudadanos romanos y os pareceréis los unos a los otros; que el alemán se vuelva menos lento y reverente; que el francés sea menos experimental y veloz».

Pero el instinto de la Europa cristiana dice: «Que el alemán siga siendo lento y reverente, para que el francés pueda ser veloz y experimental con mayor seguridad. Crearemos un contrapeso a partir de estos excesos. El absurdo llamado Alemania corregirá la demencia llamada Francia».

Último y más importante, es exactamente esto lo que explica lo que resulta tan inexplicable para todos los críticos modernos de la historia del cristianismo. Me refiero a las monstruosas guerras por cuestiones menores de teología, a los terremotos emocionales por un gesto o una palabra. No era más que una cuestión de un centímetro; pero un centímetro lo es todo cuando uno está haciendo equilibrios. La Iglesia no podía permitirse el lujo de desviarse ni un pelo en ciertas cosas si iba a continuar

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